19.9.09

Imaginaciones nocivas

A veces quisiera creer que hay “buena semilla entre los dos”, como cantan Los Pericos. Y quisiera tener fe en esa frase que canta Shakira, en eso de que “hay amores que se esperan al invierno y florecen”… Me sorprendo imaginando lo que sería el tiempo juntos, las experiencias juntas, la dinámica de habitación entre mi esfuerzo por ganar tu atención frente al televisor y tu interés en abrazarme desnuda. Me regaño.

Otras veces me siento como una loca que se imagina cosas donde no las hay, anhelando, y me molesto conmigo misma porque me siento mendiga de amor, suplicante. Eso me enfada, me hace sentir humillada, un poco despreciada por ti y se me sale un dejo de orgullo, un orgullo hiriente.

No tengo la menor idea de qué piensas tú, aunque me quedó suficientemente claro que no tenemos una relación “de verdad”. Eso es tal vez lo único que sé. Y ese espejismo, de ilusiones ópticas con estímulos visuales malinterpretados, me desordena la cabeza. Es verdad que yo preferiría un contacto más directo, pero estoy dispuesta a trabajar las opciones no convencionales de una relación exclusiva. Pero tú no opinas lo mismo. Mi mente lo respeta, mi corazón la objeta. Tus pensamientos, comentarios, palabras, tu “presencia” virtual me hace falta. Y tú no estás dispuesto a hacer ese esfuerzo de no darle tregua a la distancia.

Muchas veces me pregunto por qué me intereso en ti si apenas te conozco. Ojalá tuviera respuesta exacta, eso calmaría a mi mente y me dejaría en paz, me ofrecería soluciones racionales para no esperarte. Pero no las tengo y las elucubraciones pululan en mi cabeza. Tenemos cosas en común, estadísticamente es normal; nos gustan los libros de GGM, la poesía y la melancolía es parte de nuestro idioma, disfrutamos viajar, nos gusta descubrir cosas nuevas, tenemos algunos valores en común sobre la familia, y un par de corazones rotos, de almas en pena que buscan remansos frescos para vivir.

Pero hay cosas en ti que no son lo que usualmente me atrae de un hombre. Eres moreno como un chocolate con leche; eres alto y extenso; eres inseguro y ansioso, guabinoso como palo encebado. Esas cosas me parecen tan irrelevantes cuando las escribo en este momento; quizás la inseguridad y la indecisión sean las que más ruido me hacen en esta comunicación.

También pienso en las probables cosas problemáticas. Aparecen las imaginarias horas que pasarás frente a la tele pendiente de los deportes, del boxeo que tanto te gusta, y me dejarás por fuera; me adelanto al impasse que tendremos sobre la cocina y mi negativa a cocinar carnes; sé que te molestarás conmigo cuando no quiera ir a misa cada domingo; quizás no entenderás mis locuras espirituales; yo reclamaré mi puesto de señora de la casa pero tu mamá no cederá el cetro con facilidad; y yo qué sé cuántas cosas más.

Otra vez recuerdo a Schröedinger: yo quiero abrir la caja y probar si esta relación es posible, si este ejercicio teórico de mi mente tiene alguna posibilidad de tener éxito.

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