Extraño la noche como se extraña los brazos del amante.
Me hacen falta los rayos de luna,
que cuando está llena parece mirarme con una intimidad inquietante,
como si supiera mejor que yo quién soy.
Hace tiempo que estoy perdida en la falacia de la cautela, en la excusa de la prevención.
Me escondo de la oscuridad que habita en el resto de los animales.
Pero las garras empiezan a crecer y mi cueva empieza a parecerme una jaula y no un refugio.
Y me llama la noche, porque en ella se encienden los sentidos.
Me llama la luna que parece reclamarme el alma dormida.
Me aulla mi amante.
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