
Es un fanático de las películas pues ronronea feliz cada vez que estoy en el cine. También le encantan las ruedas de prensa, siempre se oye de fondo en las grabaciones de mis colegas.
La verdad es que un gato vive en mi nariz y lo sé porque lo oigo maullar cuando respiro. Debe ser por eso que siempre tengo la nariz tapada. Imagínense, aunque sea un gatito ocupa mucho espacio entre mis cornetes.
Admiro mucho a los felinos: son astutos con garra, libres, con cierto aire de elegancia y soberbia, un poco distantes y muy observadores, saltan y hacen piruetas flexibles, son cariñosos cuando quieren. Lástima que tengan pelos.
El otorrino confirmó mi teoría del gato nasal, además me ha dicho que es macho. Sus dos bolitas están tapando mis conductos respiratorios. El médico se ha referido a él de manera técnica, por supuesto: pólipos y tabique desviado por congestión permanente (el gato travieso también sacó a mi tabique de su lugar normal).
El minino no abandonará mi nariz. El médico ha propuesto una alternativa de convivencia a ver si el peludo y yo nos entendemos. Ha dicho que es necesario castrarlo para que yo pueda respirar (eso me asusta por la doble operación: la mía y la del pobre gato que se quedará sin sus partes nobles, además no se irá nunca porque dicen que los gatos castrados son más caseros que ninguno).
No es un inquilino muy agradable. Mi sinusitis crónica y los ataques frecuentes de rinitis se deben a las constantes discusiones que tenemos por sus pelos gatunos. Él sabe que me dan alergia pero nada, no cambia. Con eso de que es un animal nocturno me trastoca el sueño, pareciera que se expande a sus anchas al caer la noche. Me tortura cuando hay frío (¡y eso que es él el que tiene abrigo natural!) y forma la gran pataleta cuando huele el humo del cigarrillo.
Si no me puedo deshacer de él, espero que al menos me pague el alquiler de mi nariz con algunas de sus cualidades. Quisiera que cada mes me diera algo de su acrobacia, su libertad y que me preste alguna de sus siete vidas para soportar tantas caídas.
A mi compañero de vida -de cama, de apartamento, de ilusiones y de tormentos- le tendrán que gustar los gatos o tener el sueño muy pesado, para que la vida nocturna del minino no le altere sus horas de descanso. Espero que mis hijos, si los tengo alguna vez, no hereden al gato pues sé que es fastidiosísimo cargar con los peroles de la familia.
Si alguien quiere un gato en su nariz, me avisa y armaré campaña para venderle la idea al minino de que es bueno cambiar de casa y que se sentiría más a gusto entre otros cornetes. Si acepta, lo primero que haría sería ir a estrenar mi liberada nariz así como cuando uno cumple 18 y se va a la discoteca en la menor oportunidad.
Yo me llevaría mi nariz a El Ávila, a la piel deliciosa del ser amado, a un rosal, a una panadería a oler galletas recién horneadas, me acercaría a los niños que huelen a bebé raro, iría a la playa para oler el mar...
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