No nací judía y soy morena. No puedo cambiar mi pasado en la misma manera en que tú no puedes modificar la historia de tu familia. Pero te amé. Y ese sentimiento hubiera bastado para convertirme al judaísmo, para escalar montañas, para huir contigo, para sobrevivir al holocausto.
Esta noche te atreviste a confesar, en una conversación franca que nos debíamos, que la razón por la que no quisiste ser mi pareja fue tu deseo de no defraudar a tus ancestros. Me dijiste: "mis abuelos sobrevivieron la shoá y yo siento un deber con ellos, siento el deber de no defraudarlos". Una novia no judía sería una pena y una decepción en tu familia; yo sería una afrenta que no quieres hacer a tu linaje.
La comprensión viene acompañada de lágrimas en mis ojos. Yo lo sabía, hace dos años atrás te apareciste en mis sueños y me lo dijiste como una manera de dar calma a mi atribulado corazón, a mi desesperado pensamiento. Y de repente me doy cuenta que no me importa tu deseo de complacer a tus padres, que no te amo menos por tu lucha interna o por haberme dejado de lado, que todas mis lágrimas no me pesan y que no tengo reclamo alguno hacia tí. ¿Será eso el amor?
Entiendo que nuestra historia está escrita siglos atrás, entrelazada por karmas y destinos. Definitivamente no nos encontramos por azar. Quizá no estaremos juntos como pareja, pero ya estamos juntos desde hace varias vidas y nuestro lazo es más fuerte que la separación de tu religión. Me dijiste hace algunos años: ¿no has pensado que tal vez aún no sea el tiempo para nosotros? Ahora te creo.
Sigo mi vida. Elegiste estar aparte por tus convicciones, yo no me detendré por ellas. Todo esto que siento se irá transformando y maduraremos. Buscaré un compañero. Buscarás, aunque al final del camino nos volvamos a encontrar. Quizás entonces me aceptarás como una kala digna, y no te importará ser mi jatán.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario