Es un tanto triste cuando una empieza a preguntarse a quién le hablas, a quién le cuentas lo que sientes, y te das cuenta que no hay interlocutor. Te enteras que tu vida es un monólogo con llanto mudo cuando notas que tu bonsái está moribundo, que el conjunto de lencería roja ya es rosado pero que nadie te lo ha visto salvo tu oso de peluche –al que no puedes abrazar mucho porque eres alérgica-, preocuparte por haber dejado el celular en casa y notar que no tienes ni un mensajito ni una llamada perdida durante todo el día, o que no has compartido las picardías tontas de tu cabeza con nadie desde hace 48 horas.
Es desesperanzador saber que no te espera nadie en casa para decir boberías mientras cocinas para la semana, hacer lo mismo cada fin de semana –imprevistos más o imprevistos menos-: lavar la ropa, limpiar el cuarto y cocinar, carecer de alguien a quien hacerle favores o a quien comprarle pan dulce para llevarle a casa. Saber que no tienes a nadie que remedie tu tristeza con sólo abrazarte, porque es en ese contacto con el otro donde encuentras esperanza para solucionar todo. Nadie con quien jugar a ser mujer.
Tengo amigos, sí; trabajo con algunas personas, cómo no; transpiro con la gente en el Metro, lamentablemente; pero me siento sola. Agradezco a ese ser especial que ha estado conmigo mitigando soledades, Eleazar, pero como él bien lo dijo una vez: hay espacios que los amigos no llenan. Menos si sólo hay uno que también debe atender familia, trabajo y soledad propios.
Y me pregunto si será por eso que la terapia con la psicóloga me funciona, porque alguien oye –semanalmente- las ideas, los pensamientos, las emociones expresadas en sonido, el ruido de mi cabeza. Además, tiene teorías y encuentra explicaciones.
Quizá la terapeuta encuentre alguna razón para esta sensación de no tener compromiso absoluto con nada, porque no tengo fe en ello. Que mis compromisos están impuestos a mi voluntad. Porque cuando alguien me exige algo me pregunto cuán fácil o difícil será hacerlo. Primero creo que desconfío de mis capacidades, luego caigo en cuenta de que calculo el esfuerzo sencillamente porque no quiero hacer esa actividad, y me importa tanto que no estoy dispuesta a invertir algo más del esfuerzo mínimo para hacerla. Que me falta motivación para hacer las cosas, que las hago simplemente porque se supone que así deben ser y porque estar sin hacer nada es absolutamente aburridor y desesperante. Que soy como un nenúfar: mis raíces flotan sobre el agua fría a merced de la corriente.
Es desesperanzador saber que no te espera nadie en casa para decir boberías mientras cocinas para la semana, hacer lo mismo cada fin de semana –imprevistos más o imprevistos menos-: lavar la ropa, limpiar el cuarto y cocinar, carecer de alguien a quien hacerle favores o a quien comprarle pan dulce para llevarle a casa. Saber que no tienes a nadie que remedie tu tristeza con sólo abrazarte, porque es en ese contacto con el otro donde encuentras esperanza para solucionar todo. Nadie con quien jugar a ser mujer.
Tengo amigos, sí; trabajo con algunas personas, cómo no; transpiro con la gente en el Metro, lamentablemente; pero me siento sola. Agradezco a ese ser especial que ha estado conmigo mitigando soledades, Eleazar, pero como él bien lo dijo una vez: hay espacios que los amigos no llenan. Menos si sólo hay uno que también debe atender familia, trabajo y soledad propios.
Y me pregunto si será por eso que la terapia con la psicóloga me funciona, porque alguien oye –semanalmente- las ideas, los pensamientos, las emociones expresadas en sonido, el ruido de mi cabeza. Además, tiene teorías y encuentra explicaciones.
Quizá la terapeuta encuentre alguna razón para esta sensación de no tener compromiso absoluto con nada, porque no tengo fe en ello. Que mis compromisos están impuestos a mi voluntad. Porque cuando alguien me exige algo me pregunto cuán fácil o difícil será hacerlo. Primero creo que desconfío de mis capacidades, luego caigo en cuenta de que calculo el esfuerzo sencillamente porque no quiero hacer esa actividad, y me importa tanto que no estoy dispuesta a invertir algo más del esfuerzo mínimo para hacerla. Que me falta motivación para hacer las cosas, que las hago simplemente porque se supone que así deben ser y porque estar sin hacer nada es absolutamente aburridor y desesperante. Que soy como un nenúfar: mis raíces flotan sobre el agua fría a merced de la corriente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario